Los Desafíos de Envejecer: Una mirada desde la Psicología Budista y la Terapia Centrada en la Compasión

La vejez es una etapa de cambios importantes en todas las esferas de la vida. Algunos aspectos de la doctrina budista y la ciencia de la compasión pueden ser un aporte para enfrentarlos.

PSICOLOGÍA BUDISTA Y TERAPIA CENTRADA EN LA COMPASIÓN

Cristián Alarcón

1/18/202510 min read

Este artículo responde a dos solicitudes recibidas a partir de mis publicaciones mensuales. Agradezco a Cecilia y Ulises el interés demostrado y espero contribuir en algo a aclarar sus inquietudes respecto al tema.

El envejecimiento

El envejecimiento es un fenómeno dinámico, progresivo, irreversible e inherente a todas las formas de vida que finaliza con la muerte. Si bien, existen diferencias relevantes en la forma en que transcurre este proceso entre las personas, hay algunas características comunes relacionadas con: a) aspectos moleculares del envejecimiento en el cerebro; b) envejecimiento a nivel celular y de sistemas; c) y aspectos psicológicos del envejecimiento normal.

Estos diferentes aspectos traen aparejados algunos “temas del envejecer” que marcan un antes y un después, y generan desde crisis adaptativas que se resuelven de manera autónoma hasta patologías de salud mental que requieren un abordaje profesional.

Desde la perspectiva budista, las observaciones sobre la vejez de Siddharta Gautama fueron parte de las causas que lo llevaron a buscar un camino espiritual para eliminar el sufrimiento. En el Discurso de los Fundamentos de la Atención, explica a sus discípulos: “En cualquier ser… hay envejecimiento, decrepitud, dientes rotos, cabello gris, piel arrugada, encogimiento con la edad, decadencia de las facultades sensoriales, eso, monjes, se llama envejecimiento”. Vemos que el Buda hacía referencia a los aspectos físicos y sensoriales propios de la edad.

Por su parte, en el Tíbet del siglo XII, al ser consultado por la vejez, el yogui Milarepa expresó cierto desaliento respecto a los cambios en la propia imagen (“Penoso es ver el propio cuerpo tornarse endeble y desgastado… La nariz, pilar del rostro, se hunde”), observó los cambios en los órganos de los sentidos y su disminución de funcionalidad (“los claros ojos, empañados… y el oído penetrante ensordece”), evidenció el desafío de enfrentarse a la propia muerte (“ante la cercanía de la muerte, crece la angustia y las dudas crecen”), identificó ya en esos años lo que hoy se conoce como edadismo o viejismo (“cuando le dice verdad a las gentes pocos le creen”) y, por último, se refirió al maltrato del que pueden ser víctimas los ancianos (“Hijos y sobrinos que levantó y crió se tornan sus enemigos”).

Como podemos darnos cuenta, ya en la época de Buda (500 AC), así como en el siglo XII DC, nos encontramos con problemáticas relacionadas con el envejecimiento que subsisten hasta hoy. En este sentido, la literatura actual identifica los siguientes “Temas del Envejecer”:

Cuadro 1: Temas del Envejecer

Fuente: Ministerio de Salud (2023). Guía del envejecimiento y salud mental en personas mayores. Adaptación a partir de Zarebski.

Algunos asuntos de salud mental propios del envejecimiento

Tal como lo mencionan Buda, Milarepa y la ciencia moderna, el primer gran impacto del envejecimiento es el cambio físico y la pérdida relativa de funcionalidad de los sentidos que introducen una discontinuidad en la identidad. De un momento a otro las personas dejan de ser “relativamente” jóvenes. A los 65 años ya están instaladas las canas y las arrugas, no disponen de la misma energía, hace tiempo que muchos necesitan lentes para leer, tal vez se sienten las secuelas de alguna operación o accidente de cuando jóvenes y/o las articulaciones ya no responden como antes. Definitivamente ya no son los mismos y este cambio es experimentado de diferentes formas dependiendo de la identificación del yo con el cuerpo y el orgullo que se ha cultivado al cumplir un estándar social, lo que funcionó como un parámetro para valorarse (“estoy más flaca/o que…”), pero también para sufrir (“no me va a querer porque estoy más gordo/a”).

Como correlato de los cambios físicos, también se producen transformaciones en el ámbito de la sexualidad. Durante el envejecimiento se presentan cambios fisiológicos, psicológicos, sociales y en la respuesta sexual que no se traducen en una desaparición de esta actividad, sino que exigen una forma diferente de vivirla. Dos tipos de ansiedades predominan durante esta etapa. Temor a la disfunción eréctil por parte de los hombres y no atraer físicamente a su pareja en el caso de las mujeres. Si bien no encontré referencias en el budismo sobre la sexualidad durante la vejez, vemos que en ambos casos surge lo que Buda llamó el “sufrimiento del cambio” que se expresa en el temor a no ser valorados por quienes somos hoy. Las personas temen haberse transformado en algo no deseado y que perdieron algo valioso que los identificaba como sujetos. En un caso se explica por el apego a un ideal de potencia sexual masculina y, en el otro caso, por el apego a un ideal de belleza femenina y la identificación del yo con el cuerpo.

Otro aspecto central de esta etapa se refiere a las pérdidas, los duelos y el hecho de enfrentarse a la propia muerte. La vejez es el período donde las personas se encuentran cara a cara con la fragilidad de la vida con mayor frecuencia. Se pierden seres queridos, lazos que han durado muchos años, roles sociales y capacidades que exigen capacidad de adaptación, resiliencia en diversos contextos y prepararse para la muerte. Sin embargo, pese a que la única certeza que hay en la vida es que moriremos, nos resistimos a aceptarlo porque nuestro deseo instintivo es vivir y la muerte es el fin de todo lo que consideramos familiar. El “Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte” nos indica que tal vez la razón más profunda que sostiene el miedo a la muerte es que ignoramos quienes somos. Creemos que tenemos una identidad única, personal e independiente, pero al examinarla comprobamos que depende de una serie interminable de fenómenos que la sostienen: nombre, apellido, origen social, pareja, hijos, amigos, título académico, imagen, posesiones, acceso al consumo, prestigio, redes de influencia, etc. Sin esto que conocemos de nosotros mismos, nos enfrentamos a un “extraño inquietante al que nunca hemos querido tratar”, es decir, un ser sin una identidad sólida, impermanente, interdependiente y que habita una realidad donde el malestar existe.

La última dimensión que revisaremos es la soledad y el aislamiento social que afecta a un gran número de personas de la tercera edad. Diversos factores influyen en que esto suceda, dentro de los cuales encontramos: a) los duelos que van reduciendo la red familiar y social en la medida que avanza el tiempo; b) la jubilación que en muchos casos pone fin a la principal actividad generadora de sentido personal y fuente de lazos fuera de la familia; c) las disminuciones sensoriales (visuales, auditivas y/o motrices) que de a poco van levantando una barrera invisible con el mundo exterior y; d) los estereotipos negativos sobre la ancianidad (edadismo, viejismo) que erosionan la solidaridad entre generaciones. La soledad y el aislamiento social aumentan el riesgo de muerte, así como la probabilidad de padecer diferentes tipos de trastornos de salud física (obesidad, enfermedad cardio-vascular, malnutrición) y mental (deterioro cognitivo, abuso de tabaco y alcohol, depresión, episodios psicóticos y suicidios).

Las marcas de la existencia

Con el fin de facilitar la lectura, pensé en realizar propuestas específicas para cada uno de los puntos planteados anteriormente, pero me fui dando cuenta que hay temas que atraviesan varios aspectos y que adquieren mayor centralidad para el envejecimiento.

El primero de ellos son las “marcas de la existencia” que se refiere a tres condiciones que caracterizan las vidas de todos los seres humanos que es necesario asimilar con el objetivo de desarrollar una mejor comprensión de la realidad y minimizar las distorsiones cognitivas que provocan sufrimiento. Pese a que es conveniente anticiparnos e incorporar estos conceptos temprano en la vida, son especialmente relevantes para enfrentar los desafíos propios de la vejez.

La primera marca de la existencia es la transitoriedad o impermanencia. Tal como se ha mencionado, durante la vejez somos el escenario de profundos cambios físicos y psíquicos que provocan una discontinuidad en la mayoría de los ámbitos de nuestra vida. Sin embargo, no debemos olvidar que la mayoría de estos cambios son parte de un largo camino que comenzó con la fecundación y la unión del ADN de nuestros padres, y aún antes de eso. Según Pema Chödron, “la impermanencia es la bondad de la realidad y la esencia de todo, ya que todo evoluciona constantemente. Además, es un principio de armonía porque cuando no luchamos con ella, estamos en paz con la realidad”. No tenemos que pensar en la impermanencia solo relacionada con la muerte, sino que con cada momento de nuestras vidas. La frecuencia cardiaca se mueve dentro de un rango. No es siempre la misma. Los pensamientos que tenemos ahora, en uno o dos minutos probablemente habrán dado lugar a otros diferentes. Visto en una perspectiva más amplia, lo mismo sucede con el cuerpo, con nuestros órganos, con la sexualidad, con nuestras ocupaciones y con nuestros seres queridos. Verlo de esta forma contribuye a cultivar el desapego, aceptar y adaptarnos a los cambios y desafíos de la vejez, y entender las pérdidas, los duelos y la muerte como pasos propios de la vida.

La segunda marca de la existencia es la ausencia de un yo o una identidad sólida, inherente o sustancial. Cometemos el error de definir nuestro yo dependiendo de las condiciones que lo sustentan y, por lo tanto, varía dependiendo de las circunstancias. La belleza física, la capacidad sexual, sentirnos con energía para enfrentar cualquier desafío, alimentan nuestra autoestima y la percepción de eficacia durante la juventud, favoreciendo la aparición del orgullo. Pema Chödron menciona que “nuestro yo es lo que encubre nuestra bondad básica, nuestra experiencia de estar sencillamente aquí, de estar plenamente donde estamos, de manera que podamos relacionarnos con la inmediatez de nuestra experiencia, con el bienestar incondicional”. Por lo tanto, un desafío para esta etapa es generar una estrategia de afrontamiento que implique aceptar las nuevas condiciones y entender que nuestra identidad no se define a partir del volumen de nuestro cuerpo, la potencia sexual o el tamaño de la billetera, sino que es un constructo mental variable y que tenemos valor por el solo hecho de ser personas y estar sujetos a las mismas condiciones de existencia que todos los seres humanos.

La tercera marca de la existencia se refiere a la primera Noble Verdad del budismo, al reconocimiento del sufrimiento como parte de la vida. Continuando con los aportes de Pema Chödron, ella menciona que “cuando tenemos lo que no queremos, cuando no tenemos lo que queremos, cuando enfermamos, cuando envejecemos, cuando estamos muriendo, cuando vemos cualquiera de estas cosas en nuestra vida podemos reconocer el sufrimiento como lo que es. Entonces podemos sentir curiosidad y tomar conciencia de nuestras reacciones ante él” que normalmente siguen un patrón habitual. Para aprender de estas situaciones e incorporar los aprendizajes en nuestras vidas propone que “en lugar de reaccionar así, podríamos ver el siguiente impulso que surge en nosotros y cómo nos descentramos a partir de ahí… Podemos simplemente verlo, sin juicio y sin intención de enmendar nuestros actos”, es decir, practicar mindfulness con la propia experiencia.

Los Tres Flujos de la Compasión

Un segundo elemento que surgió son algunas reflexiones y propuestas para la vejez relacionadas con los Tres Flujos de la Compasión descritos por Paul Gilbert.

En cuanto a la compasión de uno hacia los otros, un desafío de esta etapa es aceptar, perdonar y reconciliarse con familiares o amigos con los que se mantengan conflictos no resueltos con el propósito de contribuir al desarrollo de una mayor integridad, es decir, un sentido de satisfacción por la vida vivida, según los términos de Erick Erickson.

Respecto al flujo compasivo hacia uno mismo, estudios publicados en los últimos 5 años indican que la autocompasión, entendida como a) atención plena (mindfulness); b) amabilidad hacia uno mismo y; c) sentido de humanidad compartida (todos estamos expuestos a las mismas condiciones de existencia); tiene los siguientes impactos positivos para los adultos mayores:

  • Disminución de síntomas depresivos y de ansiedad.

  • Reducción del estrés percibido, afectos negativos y problemas de funcionamiento relacionados con síntomas mentales.

  • Mayor sensación de bienestar hedónico (placer y satisfacción) y eudaimónico (significado y propósito).

  • Mejor funcionamiento social.

  • Reduce el impacto negativo de problemas de salud en personas con alta percepción de problemas de salud (como dolor físico, movilidad limitada y mala salud).

  • Mayor satisfacción y aceptación de lo vivido (integridad del ego).

  • Perdón y bienestar psicológico.

Por último, el flujo compasivo de los otros hacia uno mismo permite enfrentar la soledad y el aislamiento social que puede afectar a personas de la tercera edad. Por una parte, estar abiertos a aceptar los cuidados de los demás, y como contraparte, los familiares u otros cercanos pueden ofrecer cuidados compasivos basados en una adecuada identificación de las necesidades que presentan los ancianos, buscando mantener su dignidad y calidad de vida.

Hábitos que contribuyen al bienestar

Hasta ahora nos hemos centrado en el abordaje de los desafíos que presenta la vejez, así que trataremos de revisar brevemente algunos comportamientos que contribuyen a un mayor bienestar durante esta etapa.

La vejez es un período de la vida en el que las personas también disfrutan, realizan actividades de su interés y mantienen estilos de vida que les generan satisfacción y sentido. Según Petretto et al., pese a que no hay un acuerdo transversal respecto a los determinantes y definiciones de un envejecimiento exitoso, en la literatura científica sobre el tema, se ha observado lo siguiente:

  • Al menos 150 minutos semanales de actividad física moderada son útiles para obtener beneficios físicos y cognitivos (menor declive o aumento en algunos dominios, formación de nuevas neuronas).

  • Al menos 6 horas a la semana de actividades de estimulación cognitiva, tales como crucigramas o juegos de cartas, pueden ser eficaces para mejorar diversos aspectos cognitivos tales como la memoria, la atención y las funciones ejecutivas, y reducir el riesgo de incidencia de demencia.

  • La dieta mediterránea está asociada a una reducción de la tasa de depresión y a un menor riesgo de declive cognitivo.

  • El yoga y la meditación influyen en aspectos psicológicos como la resiliencia, el altruismo, la vitalidad subjetiva y el sentimiento de estar en unión con lo que nos rodea y la comunidad (trascendencia).

  • La red social y la participación en actividades sociales influyen en un mayor bienestar subjetivo.

Bibliografía

Altavilla, A. et al (2022). Age Inclusive CompassionFocused Therapy: a Pilot Group Evaluation. International Journal of Cognitive Therapy (2022) 15:209–230

Brown, L. et al. (2019) Self-compassionate Aging: A Systematic Review. Gerontologist, 2019, Vol. 59, No. 4, e311–e324

Buda

  • (2013). Gran Discurso de los Fundamentos de la Atención (Maha-Satipatthana Sutta). Dhammodaya Ediciones.

  • (1999). Dhammapada. Versión de Thomas Cleary. Editorial Debate.

Chödron, P. (1996). Cuando todo se derrumba. Shambala Publications.

Gilbert, P. (2015). Terapia Centrada en la Compasión. Editorial Desclée de Brouwer.

Ministerio de Salud (2023). Guía del envejecimiento y salud mental en personas mayores. Subsecretaría de Salud Pública, División de Prevención y Control de Enfermedades (DIPRECE), Depto. Ciclo Vital, Oficina de Salud de las Personas Mayores, y Depto. Salud Mental. Santiago, Chile.

Petretto D. R. et al. (2016). Envejecimiento activo y de éxito o saludable: una breve historia de modelos conceptuales. Revista Española de Geriatría y Gerontología. 2016; 51(4): 229–241

Torres, E. (2016). Sexualidad en la vejez. Tesis de Grado para optar al título de Enfermería. Universidad de Valladolid.

Rimpoché, Sogyal (1994). El Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte. Editorial Urano.

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